Una escucha atenta de la profunda insatisfacción que albergamos por la búscada y nunca lograda
felicidad, puede generar un cambio positivo en nosotros si aprendemos que el deseo de obtenerla
en los objetos y la evitación de los hechos que tenemos que la amenazan es un proceso que nunca
termina.
Si vemos esto con lucidez, nos abrimos a una nueva perspectiva al comprender que la paz y la
felicidad no están en la satisfacción del deseo, pues la avidez de la mente es tan insaciable que de
inmediato da lugar a otro nuevo que sustituye al anteriormente cumplido.
Esta comprensión, sostenida con firmeza y fijeza, permite que aparezca, de manera natural, un
desapego cada vez más intenso hacia cualesquiera objeto de deseo.
Las energías de nuestro SER que, hasta aquí, se venían dispersando en la búsqueda y obtención de
tales objetos, al perder su finalidad, regresan a su fuente de origen hasta que nos encontramos SER
nosotros mismos aquello que toda la vida nos hemos esforzado inexorablemente por conseguir.
La dirección de nuestro «mirar» cambia de sentido: del mundo vacío de los objetos al manantial
donde brota incesante y eternamente la plenitud de ser.
Se han dado bastantes respuestas a la pregunta que el ser humano se hace alguna vez en su vida
acerca del significado de su paso por esta existencia.
Pocas veces hemos detenido la inercia que nos arrastra a la mecanicidad de lo cotidiano para
plantearnos la cuestión con toda seriedad sin tener en
cuenta lo aprendido de quienes, a su vez, lo aprendieron de otros y así, en la cuenta atrás,
podríamos perdernos en la noche de los tiempos sin encontrar a alguien que haya dicho que esa
respuesta sólo tiene cumplida satisfacción en la autoindagación de qué o quién somos, dejando de
lado todas las creencias, sean religiosas, filosóficas o psicológicas, esotéricas o de divulgación
abierta.
Podremos encontrar satisfacción, consuelo, seguridad, certeza, etc., en cualquiera de las creencias
con que han condicionado a nuestra mente, pero nunca la visión directa de lo verdadero.
Esta sencilla comprensión intelectual es ya un primer paso en la autoindagación que nos decidirá a
dejar de lado las creencias que hasta el momento habían prestado algún significado a nuestra
existencia, pero que en circunstancias especiales, primordialmente en los momentos en que el
sufrimiento hace presa en nosotros, no han impedido que surgiera de nuevo ese cuestionamiento
que nunca encuentra respuesta satisfactoria.
Es posible que partiendo de aquí, se empiece a vislumbrar la posibilidad de que aquel que formula
la pregunta desesperada sea la causa de la ausencia del sentido de la vida.
Es posible que se vislumbre que el permanente e insaciable mundo de deseos de ser y de tener y su
otra cara, el atemorizante mundo de mantener y de defender lo conseguido, es lo que está
desdibujando el significado auténtico del vivir.
Es posible que se nos haga consciente que el personaje que creemos ser no es más que un
apretado paquete de deseos y de temores cuya satisfacción y protección está dándole carta de
naturaleza y permanencia.
Y si todo lo anterior es posible, lo es también que haya otro «algo» vacío de deseo y de temor que
no se pregunte por ningún significado por ser «algo» lo que da significado a todo y es a la vez el
significado de todo.
Y para que lo posible se torne realidad, no hay otra alternativa que la que, por comprensión, hace
cesar a quien se pregunta por el sentido de la existencia como la luz hace cesar a la sombra, que en
sí no es nada, sólo ausencia de luz.
FUENTE: revista red alternativa, Mar-Abril 1999, pág. 25