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Artículos ecología y bienestar

Un camino de esperanza Por un desarrollo sostenible e igualitario entre mujeres y hombres
por Juan Carlos Ruiz
Publicado el 29-10-2004

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A lo largo de los últimos cincuenta años, muchos estados han logrado un nivel económico sin precedentes. Gracias a los avances científicos y tecnológicos, el hombre ha conseguido despejar algunas incógnitas sobre su existencia o comunicarse con cualquier latitud del planeta en cuestión de segundos. Sin embargo, la sociedad occidental sufre una involución cada vez más acusada. Quizá sea la factura del desarrollo. Lo cierto es que el desequilibrio norte-sur, en el nuevo orden mundial, es una realidad palpable frente a la que, ni políticos, ni ciudadanos, podemos cerrar los ojos. La prueba más concluyente es que estas diferencias están ejerciendo más presión que nunca sobre los recursos humanos y naturales de un planeta en el que vivimos 6000 millones de personas, cifra que podría ascender a los 10.900 en el año 2050. Un crecimiento poblacional que tendrá lugar, especialmente, en los países en vías de desarrollo, donde 1200 millones de personas viven en la pobreza. De hecho, según Naciones Unidas, una quinta parte de la población mundial tiene que sobrevivir con menos de un dólar al día.Hoy, las amenazas a las que nos enfrentamos son varias.

Primera: a pesar de algunas mejoras recientes, 1000 millones de personas carecen aún de acceso al agua potable, la fuente de la vida. En el año 2025, la mitad de los hombres y mujeres del mundo se enfrentarán a serios problemas por falta de agua, particularmente, en África del Norte y Asia Occidental, donde las reservas de agua subterránea se consumen rápidamente, pero apenas se reabastecen.

Segunda: la demanda de alimentos se incrementa conforme la población mundial crece y la capacidad de mantener el ritmo de producción de los mismos está disminuyendo. Esta situación podría recrudecerse, de forma especial, en aquellos lugares del mundo donde la tierra se ha degradado debido a la sobreexplotación de los cultivos o a la desertificación. Hoy día, la capacidad de expandir la tierra agrícola en el sureste de Asia y Europa es limitada, mientras que en África del Norte y Asia Occidental la constante falta de abastecimientos de agua potable limita el desarrollo potencial de la agricultura. Por otro lado, aunque gran parte de las pesquerías de los océanos están sobreexplotadas, la pesca continúa expandiéndose rápidamente para satisfacer la creciente demanda de pescado.

Tercera: el consumo de combustibles fósiles y las emisiones de CO2 continúan incrementándose. Las consecuencias del cambio climático ya están aquí. Las sequías severas, los periodos de lluvias rigurosas, los desastres naturales, la desertificación, la extinción de especies animales se han agudizado en varias regiones del planeta. Ya lo dijo en el 2002 el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático: ?hay evidencias sólidas de que la mayor parte del calentamiento de la Tierra observado a lo largo de los últimos 50 años se debe a las actividades humanas?. El Protocolo de Kioto, adoptado en el marco de la Convención sobre Cambio Climático de Naciones Unidas, obliga a los países industrializados a reducir sus emisiones de CO2 a un nivel 5,2% inferior al de antes de 1990 para el periodo 2008-2012. Por ahora, casi cien países han ratificado el Protocolo y otros han revelado sus intenciones de adhesión. Pero la excepción confirma la regla. EE.UU, cuyas emisiones representan el 25% del total actual y el 37,4% del total de los países industrializados en 1990, se retiró en 2001 de las negociaciones. Un hecho que llevó al resto de la comunidad internacional a avanzar en sus negociaciones y lograr un acuerdo final.

Cuarta: se estima que 90 millones de hectáreas de bosque, una superficie mayor que la de Venezuela, fueron destruidos en la década de los noventa. La deforestación a esta escala es el principal enemigo para la biodiversidad, ya que los bosques albergan a dos terceras partes de las especies terrestres. Asimismo, el 9% de las especies de árboles, a nivel mundial, están en peligro de extinción, amenazando con ello la posibilidad de disfrutar los beneficios médicos que ofrecen los recursos botánicos.

Quinta: La mortalidad infantil es 10 veces más elevada en los países en desarrollo que en el mundo industrializado. Si bien se ha logrado cierto avance al respecto, el agua contaminada causa la muerte de 2,2 millones de personas cada año. La malaria, por ejemplo, se está incrementando debido a la escasa efectividad de los medicamentos disponibles. Sin embargo, la propagación de esta enfermedad también ha sido impulsada por factores que tienen mucho que ver con el desarrollo y que favorecen el crecimiento de las poblaciones de mosquitos, incluyendo los sistemas de irrigación y la deforestación.

Frente a tendencias tan preocupantes, el futuro pasa por que todos interioricemos la filosofía expuesta durante la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992. Un ideario, retomado en la Cumbre Río+10 que tuvo lugar en Johannesburgo en 2002, que ya, en 1987, citaba el Informe Brundtland: ?el desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas?. Y aquí es donde está la clave. El desarrollo sostenible exige que se mejore la calidad de vida de todas las personas del mundo, sin que se incremente la utilización de nuestros recursos naturales, más allá de las posibilidades del planeta. Pero lo que está claro es que para lograr este desarrollo sostenible será necesario adoptar diferentes medidas en cada rincón de la Tierra.

La obtención de resultados satisfactorios a largo plazo en materia de desarrollo sostenible dependerá de nuevos enfoques. No se puede excluir a actores de primer orden que, hasta ahora, no han tenido voz en la toma de decisiones. Ellos también deben participar en la cimentación de esta nueva estructura planetaria. Me refiero a niños y jóvenes, campesinos, poblaciones indígenas, autoridades locales, comunidades científica y tecnológica, trabajadores, sindicatos y mujeres, por supuesto.Precisamente, la incorporación de la mujer a la formación y ejecución de políticas ambientales y sociales sigue siendo lenta, salvo contadas excepciones. La mujer, por ejemplo, aún tiene la principal responsabilidad en relación con la atención de las necesidades de la familia y, por consiguiente, constituye una fuerza importante en la determinación de las tendencias de consumo. En este sentido, la mujer tiene un papel clave que desempeñar en la elaboración de modos de producción y consumo sostenibles y ecológicamente racionales.Por eso, algunas organizaciones ecologistas de los países industrializados han decidido dirigir a las mujeres sus campañas de seguridad alimentaria, por ejemplo.La cuestión de género tiene un papel fundamental en el momento de analizar cómo se gestionan los recursos y cuáles son los desafíos a los que nos lleva el medio ambiente. Entre otras razones, porque hasta ahora, en muchas regiones del planeta, ha sido ?y aún es- el hombre quien decide cómo se emplean los recursos naturales en actividades como la minería, la tala desenfrenada de bosques, la ganadería, la pesca o el reparto de la tierra, sin entender que son las mujeres quienes dependen de forma mayoritaria de esos recursos. No hay que olvidar que, para cubrir las necesidades de la familia ?especialmente en el ámbito rural-, la mujer es la encargada de obtener el agua, la leña, los materiales para construcción, las plantas medicinales y otros recursos. Y esta llamada de atención llega cuando urge un ejercicio de autocrítica por parte de la comunidad internacional. Primero, para tomar conciencia de que la igualdad entre mujeres y hombres no puede esperar más. Y segundo, porque no es posible ese añorado desarrollo sostenible mientras la esquilmación de los recursos, la pobreza, los conflictos bélicos o el capitalismo suicida, sean los responsables del genocidio al que se ven relegados millones de personas en todo el mundo.

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