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Liberarse

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Liberarse
por José Manuel Casado Sierra

Cuándo oímos la frase "haz lo que puedas" parece como si se nos quitara un peso de encima, ¿verdad? Si nos la decimos a nosotros mismos, el efecto positivo es aún mayor: "Hago lo que puedo", "haré lo que pueda". Es una frase mágica porque nos libera de tensión física y emocional, por lo que nos sentimos mejor, más aliviados y más tranquilos.

Estamos tan acostumbrados a exigirnos tanto. Estamos tan acostumbrados a sufrir. Estamos tan acostumbrados a complacer a los demás para que nos acepten, a la sociedad, a nuestro entorno, que provoca que nos exijamos demasiado y nos olvidemos frecuentemente de lo esencial, de nosotros mismos, de amarnos.

La mayoría de las personas hemos recibido una educación familiar y escolar castradora de emociones, de sentimientos. Desde pequeñitos nos han enseñado a sentirnos culpables por ser uno mismo, de expresar sentimientos, ideas, emociones. Nos han negado tantas veces: No hagas esto sino aquello, no digas lo que dices, no protestes, cuidado con aquello, cuidado con esto otro, etc. Nos hemos querido abrir a los demás muchas veces y hemos recibido tanto rechazo que tenemos miedo a ser lo que queremos ser: uno mismo. Y así, hemos llegado a un punto en el que muchas veces nosotros mismos somos los que nos negamos, nos rechazamos, nos exigimos demasiado, nos maltratamos, nos juzgamos constantemente. Tenemos unas creencias tan arraigadas de cómo ser, de cómo actuar que no nos permiten ser felices y ser lo que realmente somos. Ya no somos libres. Hemos aprendido a ser lo que no queremos ser. Estamos programados para no amarnos. Nuestra mente se lo ha creído y dirige nuestra vida.

Fijémonos en los niños de dos años que todavía no han sido manipulados lo suficiente. No tienen miedo de expresar lo que sienten. No tienen miedo al amor. No tienen miedo de ser lo que son. Se divierten y sonríen a menudo. Viven el presente, no tienen temor al futuro y no se avergüenzan del pasado. Perdonan con facilidad. Son afectuosos. Disfrutan de la vida, de lo más sencillo: de un papel, de una pelota, de una sonrisa, de una caricia. Si quieren reír, ríen. Si quieren llorar, lloran. Son felices. Son seres humanos no manipulados, no domesticados. Su mente todavía está limpia y libre.

Nuestros padres hicieron lo que pudieron. Ellos también sufrieron la manipulación. Tus abuelos también. Se movieron según sus creencias, según lo que aprendieron. En la escuela los profesores también hicieron lo que pudieron. Ellos también recibieron una educación castradora. Tus amistades, tus amantes, también sufrieron ese aprendizaje. Todos ellos te enseñaron lo que sabían, ¿qué otra cosa podían hacer si no? Nos le culpes. No te culpes a ti mismo. Todos hicieron lo que sabían, lo que les enseñaron. Tú también haces lo que puedes y lo que te enseñaron. Haz lo que puedas.

Dentro de ti anhela un instinto básico: el ser tú mismo, el volver a ser un niño. La libertad que buscas es ser tú mismo, la de expresarte tal como eres. No eres aquel, ni ese, ni este, ni el otro, eres tú único en todo el Universo. Un ser humano. Un ser maravilloso. Un ser amoroso. Un ser que quiere amar y aprender a ser libre.

La mayoría de las personas tienen tan arraigado en su mente lo que les enseñaron que ni se dan cuentan que no son libres. Y si se lo dices no te comprenden o se asustan. Necesitan más tiempo para percatarse. Cada uno tiene su ritmo y su grado evolutivo.

Haz lo que puedas. El primer paso para liberarte es reconocer que lo que te sucede, ser consciente de ello. Ser consciente de que tu mente se mueve a través de unas creencias restrictivas que te enseñaron desde niño y que dirigen tu vida y frecuentemente te impiden ser tú mismo.

Después, el segundo paso es poner en práctica en tu vida otras creencias liberadoras y que te ayudan a expresar lo que anhela tu corazón: el ser tú mismo. Con paciencia, voluntad, amor y comprensión comprobarás que vas transformándote progresivamente. Ve a tu ritmo. No tengas prisa. No pretendas transformarte en un día cuando llevas casi toda la vida influenciado por unas determinadas creencias limitadoras que te enseñaron.

Dirígete a través de la oración a lo Alto, al Ser Supremo que es Amor Absoluto. Esta vinculación eleva la frecuencia energética de tu ser porque te diriges a la fuente suprema y universal del amor más puro. Y así tu cuerpo, mente y espíritu reciben amor divino y te es más fácil avanzar y progresar pues te sientes mejor, más elevado, más puro.

Fuente: Publicado con permiso del autor. El autor es Experto en Nutrición y las Ciencias de la Salud. Escritor, editor y fundador de este portal y de Higea.